La cremación es el proceso mediante el cual un cuerpo se reduce a cenizas. “Cremar” significa reducir algo, especialmente un cuerpo, a cenizas. Solemos utilizar indistintamente los términos “cremar” e “incinerar”; la legislación y el diccionario nos dicen que son lo mismo, aunque técnicamente hay algunas diferencias. En realidad, la cremación se refiere a un fallecido o restos humanos u óseos.
Historia de la cremación y la incineración
Entre los años 1400 a.C. y el 200 d.C. era la forma de enterramiento más común, especialmente entre la aristocracia romana y la familia imperial.
Hasta el siglo XIX, las doctrinas cristianas prohibían la cremación. Eso se debía, ante todo, a la antropología que está en la base de la tradición bíblico-judía: “hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te hicieron” Gn 3,19, y sobre todo, al hecho de que el cuerpo de Cristo muerto fue inhumado en un sepulcro. La Iglesia prohibió la incineración porque estaba asociada culturalmente con el rechazo a la fe en la vida eterna.
La prohibición terminó en 1963 y en el nuevo código canónico se permite la incineración mientras no sea hecha por razones contrarias a la fe cristiana. (Cf. Canon 1176, 3).
La incineración no se opone a la fe. No va en contra del respeto al cuerpo humano. Encomendar los restos mortales al fuego no niega la existencia de la otra vida, ni la inmortalidad del alma, ni la resurrección final de los muertos.
La cremación añade el simbolismo del fuego. En la tradición bíblica el fuego juega un papel simbólico en la relación entre Dios y las criaturas. En el Nuevo Testamento, el fuego apunta al Espíritu Santo.
Los primeros judíos también prohibieron la cremación porque consideraban que con ello profanaban la obra de Dios. Los judíos ortodoxos, los cristianos ortodoxos orientales y los musulmanes todavía tienen prohibido incinerar a sus difuntos. Sin embargo, otras culturas, especialmente en la India, han seguido practicando la incineración en nuestros días.
Actualmente la incineración está aprobada por la Iglesia católica y otros grupos cristianos, así como por algunos judíos, budistas, sijis e hindúes.
¿Cuáles son los requisitos para realizar una cremación en España?
Actualmente en España la cremación ha de ajustarse a una normativa que la regula. La ley exige que hayan transcurrido 24 horas después del fallecimiento para poder efectuar la cremación. El único caso en el que no es necesario cumplir con este requisito es en el caso de ser autopsiado.
Si el fallecimiento es por causas naturales, basta con que los familiares más cercanos autoricen directamente la cremación en la funeraria. Para ello deben aportar el certificado médico de defunción, con la leyenda en el apartado de observaciones especiales, que certifica que no existe impedimento para la cremación.
Si el fallecimiento es por causa accidental o violenta, se deberá contar con la autorización del juez que investigue el caso.
En todos los casos hay que utilizar un arca para las cremaciones, retirando previamente todos los materiales que no puedan ser reducidos a cenizas.ç
Las funerarias cumplen escrupulosamente unas normas éticas comunes, que garantizan la autenticidad de las cenizas. Estas se deben entregar en una urna sellada y perfectamente identificada con los datos del difunto, junto con el preceptivo certificado de cremación o acreditación de cenizas. Parcesa, además, entrega a las familias una piedra con un código alfanumérico que asegura la correcta trazabilidad de las cenizas y que, por tanto, estas pertenecen a su ser querido.
Asimismo, es importante recalcar que el proceso de cremación tiene un impacto medioambiental mínimo. Parcesa dispone de unidades de cremación con un sistema de filtrado muy sofisticado, que se someten periódicamente a exigentes controles externos y que cumplen con creces la normativa medioambiental vigente.
¿Qué hacer con las cenizas después de una cremación?
Una vez finalizado el proceso de cremación, las cenizas se entregan a la familia, que puede depositarlas donde crea oportuno: columbario u otra unidad de enterramiento en un cementerio, llevarlas a su domicilio o esparcirlas en algún lugar con las autorizaciones necesarias. En este último caso es fundamental tener en cuenta que no está permitido dispersar cenizas en lugares públicos, y que la urna no debe arrojarse con las cenizas. La práctica de esparcir los restos al mar o en algún espacio natural debe cumplir estrictas reglas y permisos que deben gestionarse en función de la normativa de cada lugar.

