La longevidad es un indicador clave del desarrollo de un país. En 2024, la esperanza de vida en España alcanzó su cifra más alta: 84,01 años, un hito que la mantiene entre las diez naciones más longevas, algo que responde a una combinación de factores culturales, alimentarios, sanitarios y sociales.
La esperanza de vida es uno de los termómetros más fiables del bienestar de un país. Cuando aumenta, suele hacerlo de la mano de buenos hábitos, sistemas sanitarios robustos que ofrecen una amplia cobertura y entornos que facilitan envejecer en mejores condiciones.
Japón, Corea del Sur, Suiza, Italia, Singapur y España figuran entre los países con mayor longevidad del planeta, con esperanzas de vida al nacer que superan los 84 años, según la base demográfica de la ONU “World Population Prospects 2024”.
La esperanza de vida de hombres y mujeres en España
En este contexto, la esperanza de vida en España ha vuelto a marcar un nuevo récord en 2024. El informe “Movimiento Natural de la Población / Indicadores Demográficos Básicos 2024”, publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), confirma que la esperanza de vida de la población española sigue en ascenso, tras situarse en 84,01 años de media (frente a los 83,77 de 2023). Por sexos, la esperanza de vida de los hombres subió 0,3 años, hasta 81,38 años, y la de las mujeres se incrementó en 0,2, hasta 86,53 años.
El aumento no se da solo al nacer. También quienes ya han cumplido los 65 años siguen ganando vida extra. De acuerdo con las condiciones de mortalidad actuales, una persona que alcanza los 65 años en 2024 podría vivir, de media, 19,87 años más si es hombre y 23,64 años más si es mujer.
España reafirma así su lugar entre los países donde la longevidad no es una excepción, sino una tendencia consolidada.
¿Cuáles son los secretos de la longevidad?
Más allá de las cifras, los países más longevos comparten una serie de características que resultan básicas para vivir más. La primera de ellas es un sistema sanitario sólido y accesible. Japón, España, Italia y Corea del Sur cuentan con cobertura universal y otorgan un papel central a la medicina preventiva.
La OCDE destaca la capacidad de Japón y Corea del Sur para detectar enfermedades en fases tempranas, su elevado número de profesionales sanitarios por habitante y la eficiencia de su atención primaria. En España, Italia y Suiza prevalece además una cultura social que exige altos estándares de atención médica.
De forma más específica, España presenta una mortalidad cardiovascular históricamente baja comparada con otros países desarrollados y ha logrado grandes avances en el control de la hipertensión y el colesterol.
A esta base se suma una pieza clave: el estilo de vida. La Organización Mundial de la Salud (OMS) subraya que la dieta, el ejercicio y los hábitos diarios explican buena parte de la longevidad global.
En España e Italia, la dieta mediterránea, respaldada por décadas de investigación, actúa como un potente escudo frente a enfermedades cardiovasculares, ictus, diabetes, obesidad o determinados tipos de cáncer.
Su impacto es especialmente notable porque los alimentos que la componen son accesibles, variados y forman parte de la cultura culinaria cotidiana. En Japón ocurre algo similar: la dieta tradicional, rica en pescado, algas, soja y verduras, continúa siendo un pilar fundamental para la salud de su población.
El desarrollo de un país y su capacidad para invertir en salud pública y políticas de envejecimiento activo también desempeñan un papel decisivo. Las poblaciones con mayor nivel educativo suelen adoptar hábitos más saludables, acceden con mayor facilidad a los servicios sanitarios y viven en entornos más seguros. A su vez, los estados con economías sólidas pueden destinar más recursos a la prevención.
La relación entre la actividad física y la longevidad en España
La actividad física, incluso cuando no se practica deporte de forma estructurada, es otro factor determinante. España presenta niveles moderados de ejercicio regular, pero un alto grado de movimiento cotidiano: caminar, desplazarse en transporte público o realizar gran parte de la vida social en la calle tiene un efecto acumulativo muy beneficioso sobre la salud. En ciudades como Tokio o Zúrich, el diseño urbano —con abundantes espacios verdes, carriles bici y transporte público eficiente— también favorece estilos de vida activos.
Otro aspecto muy valorado por la OMS es el impacto de las relaciones sociales en la esperanza de vida. El aislamiento —advierte esta organización— puede aumentar el riesgo de mortalidad en un 30%.
España e Italia se distinguen por su fuerte cohesión social. La estructura familiar mediterránea mantiene vínculos más cercanos que otras redes de cuidados que acompañan a las personas hasta edades avanzadas. A esto se suman otros elementos típicos del modelo de vida español que contribuyen a la salud a largo plazo: un clima propicio para la actividad al aire libre; una vida social activa con amigos y familiares; y un ritmo de vida relativamente equilibrado en comparación con otras grandes economías.
En Okinawa (Japón), una de las llamadas “zonas azules” del planeta, el concepto tradicional de moai —grupos de apoyo social y de vida— ha demostrado ser un motor de longevidad.
¿Las mujeres viven más que los hombres?
En todos los rincones del planeta, las mujeres viven más que los hombres. La brecha de longevidad (entre 4 y 7 años de media, según la OMS) se mantiene como una constante global.
La razón no está muy clara y puede atribuirse a diversos motivos.
El primero es la biología femenina. Varios estudios biomédicos coinciden en que las mujeres tienen una ventaja genética de partida. Su doble cromosoma X actúa como una especie de “seguro biológico” porque, si uno presenta alteraciones, el otro puede compensarlo. En el caso de los hombres, con un único cromosoma X, esa protección no existiría.
Por otro lado, la respuesta inmunitaria femenina tiende a ser más robusta ante las infecciones y algunas enfermedades.
Esta base genética se ve reforzada por unos comportamientos y formas de vida diferentes. Aunque la brecha de género es cada vez más estrecha, históricamente los hombres han asumido más conductas de riesgo: mayor consumo de tabaco y alcohol, dietas más desequilibradas y una menor atención a la salud preventiva. Las mujeres, en cambio, tienden a acudir antes al médico, siguen con mayor constancia los tratamientos y participan más en los programas de cribado.
En resumen, las mujeres viven más, pero suelen tener peor salud en los últimos años de vida. Un fenómeno conocido como “longevidad femenina”. Esto se debe a una mayor presencia de enfermedades crónicas no mortales (artritis, osteoporosis, trastornos autoinmunes), a una mayor carga de cuidados a lo largo de la vida, y a que una vida más larga multiplica el riesgo de desarrollar enfermedades asociadas a la edad avanzada.
¿Se podrá vivir mejor en el futuro?
En un mundo que envejece rápidamente (según la ONU, más de 1.400 millones de personas tendrán más de 60 años en 2050) el reto del futuro para toda la población no es solo prolongar la vida, sino garantizar que esos años adicionales se vivan con calidad, salud y autonomía.
Las culturas donde el envejecimiento se respeta tienden a mostrar tasas más altas de longevidad saludable, no solo años sumados.
Al mismo tiempo, el hecho de que la gente viva más también conlleva otros desafíos: mantener sistemas de salud sostenibles y gestionar el envejecimiento demográfico son imprescindibles para el futuro.

